Maíz y comunalidad: un porvenir propio

Kiado Cruz

Quizás debería decir: Soy la comunidad. Es cierto que pertenezco a ella y que ella me pertenece. Pero cada uno de nosotros es la comunidad. La comunidad no es otra cosa que nosotros mismos, sólo existe en el nosotros que somos.

Somos una colectividad culturalmente específica, estructurada en un tejido de relaciones sociales que se basan en el principio de reciprocidad. Es una colectividad que ocupa un territorio propio de manera permanente. La red de nuestras relaciones se hace aún más densa y compleja a través de nuestra participación en los tequios, las asambleas y las fiestas. Es una participación abierta pero obligatoria, que nos afirma como miembros de la comunidad. Y así, somos comunidad en un territorio comunal y reiteramos cíclicamente nuestra pertenencia a ella a través de la participación en lo colectivo, en el cumplimiento de nuestras responsabilidades y obligaciones.

Desde hace unos años, las comunidades zapotecas del Rincón de la Sierra Juárez, al igual que otras comunidades “indias”, hemos estado usando la palabra comunalidad para tratar de explicar a otros lo que somos. La empleamos como símbolo de nuestro modo convivial de vivir y del fundamento de nuestro ser comunal. Con esa palabra queremos mostrar la diferencia entre nuestra manera de ser y la que predomina en el resto de la sociedad mexicana.

Nuestra vida transcurre principalmente en la comunidad, donde vivimos comunalmente, donde florece la comunalidad. Ese es nuestro lugar
La comunidad es también el lugar principal del maíz. Así ha sido siempre. Porque “aquí, en esta parte del mundo, nació el maíz. Nuestros abuelos lo criaron. Con él se criaron ellos mismos, al forjar una de las grandes civilizaciones de la historia. La casa más antigua del maíz está en nuestras tierras. Desde este lugar del universo se fue para otras partes del mundo”.

El maíz y la comunalidad como principios rectores de nuestra vida surgen con raíces culturales, historicas, propias y antiguas; a partir de ellas tratamos de orientar la vida de nuestros pueblos como pueblos. Actualmente, sin embargo, la comunalidad es motivo de discusión, agitación y movilización. No la hemos convertido en una ideología de combate, pero se ha vuelto necesario afirmarnos en ella para mostrar lo que somos, porque el ser comunal como una forma culturalmente específica se encuentra amenazado, con la misma amenaza que pesa sobre nuestro maíz.

Nuestra concepción de vida se expresa plenamente en nuestra lengua y en un conjunto de saberes sobre nosotros mismos y lo que nos rodea, que nos capacitan para la forma comunal de vivir con todos los seres naturales y sobrenaturales. El maíz ocupa un lugar fundamental en nuestra vida y lo comunal ocupa un lugar primordial en nuestra cultura del maíz.

Somos gente de maíz. El grano es hermano nuestro, fundamento de nuestra cultura, realidad de nuestro presente. Está en el centro de nuestra vida cotidiana. Aparece sin falta en nuestra dieta y sabemos que está también presente en la cuarta parte de los productos que adquirimos en las tiendas. Es el corazón de la vida rural y un ingrediente infaltable en la vida urbana.

El maíz y la comunalidad son lo que nos explica, lo que determina nuestra manera de pensar, de sentir, de ser. No podemos concebirnos sin ellos
Una nueva plaga ha estado cundiendo entre nosotros, que amenaza por igual al maíz y a la comunalidad. Nos contagia sin darnos cuenta. Penetra hasta lo más profundo de nuestro ser comunal, del mismo modo que contamina las mazorcas en nuestras milpas. Es el virus de la economía.

No es, en realidad, una plaga nueva. Llegó junto con los españoles, hace 500 años. Pero hoy tiene una forma nueva, más virulenta que nunca.

Durante la Colonia, le ofrecimos resistencia continua. Llegaba empacada en una nueva religión y en nuevas instituciones políticas. Para nosotros, tanto el empaque como el contenido eran expresión de poderes ajenos y extraños que intentaban ejercer su dominación sobre nosotros. Los padecimos por siglos y ocuparon de diversas maneras nuestros territorios. Llegaron a dominar nuestros cuerpos pero no nuestros corazones, si llamamos así a nuestras maneras propias de ser. Logramos seguir siendo nosotros mismos, aunque para eso tuvimos que disimular lo que éramos y pretender que adoptábamos todas las formas impuestas. Así lo hicimos hasta con las creencias religiosas, en que parecemos haber adoptado las que llegaron de afuera. En realidad, las hemos sabido transformar para vivirlas a nuestra manera.

Con el México independiente la plaga adoptó muy diversas maneras. En el siglo XIX tuvo la forma de las haciendas, que nos despojaban de nuestros territorios y querían convertirnos en peones de los hacendados. En el siglo XX apareció con obras del gobierno y con la modernización. Una y otra vez combatimos las agresiones económicas a nuestra manera de ser. Hace 25 años, por ejemplo, prendió en nuestra región una lucha muy honda para recuperar nuestros bosques, que se habían entregado mediante concesiones a compañías privadas y oficiales que los estaban destruyendo. Nos levantamos entonces contra esas fuerzas que nos liquidaban y los recuperamos.

La forma actual de la plaga es más peligrosa que todas las anteriores porque no aparece como algo ajeno, externo e impuesto. La manera económica de ser de los individuos modernos se presenta como si fuera algo natural y común a todos. Se nos dice continuamente que adoptar un comportamiento económico, bailar el son que toca la economía y aprender, por ejemplo, a ser competitivos en la producción y el comercio, no sólo es indispensable para sobrevivir sino muy conveniente para nuestra vida. Y así, esa forma económica de ser se introduce en nuestras comunidades de una manera sutil, para la que no hemos construido defensas apropiadas.

Lo que pasa actualmente con el maíz ilustra muy bien la brecha que se ha estado abriendo entre nuestra manera de ser, que queremos cuidar, y el pensamiento dominante
Desde hace muchos años el gobierno tiene la obsesión de acabar con nuestro maíz. Los funcionarios están convencidos de que seguirlo cultivando no tiene sentido. Nos dicen, una y otra vez, que no podemos competir con los productores de Estados Unidos. No sólo lo dicen. Actúan. Tienen una política que busca expresamente que abandonemos el cultivo de nuestro maíz para que así nos convirtamos en el mercado que necesitan los productores estadounidenses. Parece que nuestros funcionarios se ocupan más de los intereses de esos productores que de los nuestros.

No se trata de argumentos teóricos, sino de prácticas que nos afectan directamente. En la Sierra de Juárez el gobierno vende maíz que trae del norte de Estados Unidos y lo vende a la mitad del precio que corre localmente. Se desalienta así nuestra producción. Es cierto que el maíz que nos venden no se compara con el nuestro. Sabemos que el de allá se cultiva para los puercos, no para la gente. Las tortillas no saben igual. Seguimos buscando nuestros buenos maíces criollos. Pero a veces no nos va bien en la cosecha y tenemos que ir a comprar algo de maíz. No siempre el dinero alcanza. Caemos así en la necesidad de comprar esos granos más baratos.

De ese modo se produjo la contaminación con maíz transgénico, que se ha vuelto ya un escándalo nacional e internacional. Descubrimos que aquí, en el centro mundial de origen del maíz, en este lugar de prodigiosa diversidad, donde tenemos miles de variedades propias y una inmensa riqueza genética, nuestro maíz quedó contaminado con el transgénico. Una persona que lo había comprado para el consumo quiso probar unas semillas, para ver cómo se daba, y la contaminación empezó. Estamos luchando contra eso. Discutimos serenamente en las comunidades, tratamos de obtener toda la información posible y nos aliamos con otros grupos interesados en esta misma lucha. El pasado 10 de marzo anunciamos al mundo que en Oaxaca no permitiremos ya los maíces transgénicos. No los dejaremos entrar. Nos hemos estado organizando para detenerlos, si el gobierno es tan necio como para seguir queriendo traerlos.

La obsesión del gobierno no es sólo sobre el maíz y el mercado. También le molesta que seamos lo que somos. Hace 15 años un Secretario de Agricultura dijo que su obligación, en ese puesto, era deshacerse de diez millones de campesinos. Debía sacarlos del medio rural para poder modernizar la agricultura. El 6 de diciembre de 2000 el nuevo Secretario de Agricultura, el que tomó posesión con el presidente Fox, declaró que se había aumentado la meta. Consideró que debía deshacerse de 20 millones de campesinos. Que sólo así ellos y el país podían prosperar.

Pensamos que ellos no pueden ver con los ojos ni sentir con el corazón. Pensamos que usan para todo los anteojos económicos y no hay para ellos otra realidad que la del mercado. Quieren reducirlo todo a sus cuentas alegres, a la contabilidad de pérdidas y ganancias. Para ellos, el maíz es una simple mercancía, igual a cualquier otra. Todo ha de regirse por el precio, por las famosas leyes de la oferta y la demanda. Para ellos, nosotros mismos somos una mercancía. Debemos vendernos al mejor postor. Como ya no nos compran aquí como campesinos, debemos emigrar, para que nos contraten en otra parte a buen precio, o debemos dedicarnos a otra cosa: dejar nuestras milpas y trabajar, por ejemplo, en alguna maquiladora.

¿Cómo explicarles lo que significa el maíz para nosotros? ¿Cómo hacerles saber que su manera de pensar, sentir y actuar constituye una forma de ofensa insoportable?
Hace tres años, durante la celebración de nuestro estatuto comunal, el Comisario de Bienes Comunales de mi comunidad dijo unas palabras que atesoro con cuidado:

El suelo que pisamos representa a Nuestra Madre naturaleza, que nos ha cargado y nos sostiene. Al trabajarla no la profanamos, sino que nos desempeñamos como labradores en el contexto de lo sagrado. Es el maíz mediante el cual la Madre naturaleza nos alimenta. Es carne de nuestra carne, ya que somos gentes de maíz. Por ello tenemos que recogerlo para mostrarle el respeto que le debemos, tanto a nuestro suelo como a nuestro hermano maíz.

Nuestra Madre Naturaleza nos cuida como hacen nuestras mamás: nos carga y nos sostiene, es decir, nos alimenta y nos proporciona las cosas que nos hacen falta. Es nuestra. Sólo su nombre Didzal yuu nos dice que todos formamos una sola familia muy extensa. La presencia de nuestro suelo señala e implica la existencia de lazos familiares que nos hermanan con los nuestros. Por eso empleamos los distintos nombres de parentesco para llamarnos los unos a los otros. Por ello nos hace responsables a los unos de los otros. Todos somos hermanos. Ahora bien, la tierra es nuestra madre, no representa ningún valor comercial. La madre tierra no puede convertirse en mercancía de compraventa. Esto es así para los Bëne Xhidza, como para muchos otros pueblos originarios. La afirmación es fácil de entenderla. Una mujer que se vende se hace prostituta. El hijo que vende a su madre la convierte en prostituta y se desnaturaliza a sí mismo.

¿Donde están los hijos que quieren vender a su madre? Son solo aquellos que se olvidaron de que la Tierra es su Madre. La desprecian, la arruinan y así forjan su propia destrucción, la de su familia y la de la madre que nos ha cargado y que nos alimenta a todos. No “aprisionar” una parte de la Naturaleza viva significa no admitir nuestro propio aprisionamiento”.

Hace apenas unos días iba con mi abuelo camino de la milpa cuando me dijo estas palabras:
La milpa se pone triste si no la visitamos. Espera que convivamos con ella, así como nosotros anhelamos verla. Es el mismo deseo que nos impulsa y nos hace acelerar el paso al regresar a la choza para que miremos, saludemos y abracemos a los nuestros.

El maíz no representa solamente un producto comerciable. Tampoco es sólo la comida para satisfacer el hambre. Al ver la milpa día tras día, al visitarla todos lo días, los Bëne Xhidza no pensamos ante todo en valores de cambio ni tampoco en valores de uso, sino en una relación vital como la que se da entre hermanos, compañeros o familiares. Por decirlo así, estamos enamorados de nuestra milpa. Anhelamos verla como el novio anhela ver a su novia amada.

Al hablar de amor no negamos que la milpa nos da de comer, pero eso no es todo. Es más generosa porque contenta nuestra vista y llena de alegría nuestro corazón. Todo esto lo hace también mediante la comida que nos da, pero antes de comer los primeros elotes hay que ver la milpa meciéndose en el viento, escuchar las matas que se mueven y observar el cambio diario de los colores, la altura, el reventar, el jilotear… Al visitar la milpa día tras día celebramos los encuentros con la vida. Por ello, el maíz nos alimenta el cuerpo y el corazón. El maíz tiene un valor mucho mayor que el de uso. Su corazón se pone triste como nuestro corazón cuando estamos alejados de aquellos de quienes amamos. Tiene sentimientos que la hacen trascender el valor comercial. Tal como nuestros familiares no tienen un valor utilitario, sin negar el hecho de que nos son útiles porque nos ayudamos los unos a los otros.

En nuestra comunidad convivimos con la milpa, hermana nuestra y sujeto como todos nosotros. En última instancia, es que la conocimiento dominante se ha vuelto ciega para percibir la bondad de la tierra que la sostiene de cuerpo y corazón. Mediante los corazones mantiene tantas cosas que hay en el mundo, por ello, el suelo es fuente de vida para todos nosotros que tenemos corazones.

*Eso es el maíz para nosotros. Así lo pensamos, lo sentimos, lo vivimos. *
He dado un ejemplo de cómo las acciones del gobierno afectan nuestra situación, al vender en sus tiendas maíz subsidiado. Pero la invasión es muy amplia y general, con otras acciones del gobierno que se suman a las del mercado. Unas y otras son respaldadas a través de los medios, que nos bombardean continuamente para enseñarnos a querer lo que otros producen y a ser como otros son…

La plaga tiene una forma realmente virulenta. Todo lo contamina. Compañeros nuestros se ven obligados a emigrar y a su regreso traen a menudo el virus, que ha conquistado ya su corazón. Otros, sin salir de la comunidad, lo adquieren por contagio, con lo que llega de afuera, con las cosas y con las personas.

Del mismo modo que el transgénico contaminó nuestros maíces criollos sin que nos diéramos cuenta, sin poder evitarlo porque ni siquiera sabíamos que estaba ahí, así el virus de la economía nos contagia y penetra en nuestras comunidades sin que nos demos cuenta. Ni siquiera sabemos que está ahí. A veces, lo descubrimos cuando ya es demasiado tarde. Nuestros curanderos no tienen remedios buenos para esa nueva enfermedad.

Afortunadamente, hemos podido aprender en cabeza ajena. Hemos visto lo que ha pasado con otras comunidades, cómo las ha desgarrado y disuelto la economía. Muchos de los que han emigrado, a las ciudades en México o a los Estados Unidos, regresan bien escarmentados. Se dan clara cuenta de lo que se pierde en la sociedad económica, aunque aparentemente se tenga la prosperidad de muchos bienes y servicios. Esos emigrantes nos ayudan a despertar, para cuidar bien lo nuestro.

Estamos así en una nueva lucha, que se ha estado asociando con la palabra autonomía
Como la comunalidad es la estructura de nuestra organización, a través de ella nos formamos y se crían las nuevas generaciones. En ella nos inspiramos para reaccionar.

Con base en nuestra experiencia y en las condiciones que nos rodean estamos dando forma a pensamientos propios. Estamos rescatando nuestra historia, que vive aún en los recuerdos de nuestros abuelos, para salvarnos de la que cuentan en las escuelas y sigue siendo la versión que los conquistadores han escrito. Estamos revalorando lo que nuestros pueblos saben de sí mismos. Apreciamos de nuevo nuestras costumbres, al comprobar su vitalidad, su firmeza, sus ventajas.

En esta exploración hacia lo nuestro, hemos estado rompiendo con la idea que nos quisieron imponer de que el hombre es el centro del universo. Devolvemos así su lugar a la Madre Tierra y nos establecemos de nuevo en el centro cósmico. En el mismo movimiento, con el impulso que nos permite afirmarnos en lo nuestro, fortalecemos la crítica de todas las formas de la dominación que quieren practicar sobre nosotros los gobiernos y los dueños del capital, ansiosos de ocupar y explotar nuestras tierras.

Los que hemos nacido, aprendido y trabajado en nuestras comunidades zapotecas del Rincón de la Sierra Juárez, hemos estado leyendo lo que otras personas han escrito sobre nosotros o sobre el mundo en general. Pero hemos estado callados
Quienes escriben sobre nuestros pueblos tienen los medios de difusión, la oportunidad de publicar todos sus relatos y reflexiones, los oídos del público. Nosotros no tenemos esa ocasión. Se nos sigue viendo como personas ignorantes, incapaces de pensar por sí mismas. No sólo es que hay pocos oídos atentos a lo que tenemos que decir. Es que nosotros mismos nos hemos condenado al silencio. Hemos llegado a dudar de todo lo nuestro. Devaluados por todo y por todos, llegamos a devaluarnos nosotros mismos.

Ha llegado la hora de hablar. Los tiempos lo exigen. Ya no podemos ni debemos seguir callados. Cada día es más evidente que necesitamos hacernos sentir, que es importante hacernos oír. Hace falta, ante todo, combatir las versiones de quienes traicionan la voz de nuestro pueblo y utilizan nuestro nombre. También necesitamos hacernos presentes en la confrontación de ideas y realidades, que ha estado corriendo en nuestra contra.

Cada día que pasa, las agresiones que recibimos son más sofisticadas, ya no son tan brutales como en la época de la Colonia, de la Reforma o del Porfiriato; hoy es mucho más sutil su forma de aniquilarnos. Por ello, ahora más que nunca debemos pensar que a mayor sofisticación en sus agresiones, más sofisticada debe ser nuestra resistencia.

La lucha actual de los pueblos indios se orienta a la construcción de formas autonómicas de vida en el seno de la sociedad nacional
Afirmamos nuestro derecho a la libre determinación, pero no queremos emplear esa libertad para separarnos de los demás mexicanos y crear un estado independiente. Queremos seguir siendo mexicanos. Sin embargo, en vez de la forma excluyente de organización social que ha predominado hasta ahora en el país y nos ha discriminado continuamente, buscamos que puedan coexistir en armonía los muchos mundos que somos. Como afirmamos en el lema del Congreso Nacional Indígena, “Nunca más un México sin nosotros”. Queremos que se fortalezcan maneras propias de ser, claramente diferenciadas, en un nuevo país abierto, plural e incluyente.

La autonomía que defendemos está cimentada en nuestra experiencia histórica de organización comunal. A partir de la comunalidad se construye la autonomía con la misma cercanía a nuestro ser que la piel a nuestro cuerpo. La autonomía no es tal si se le separa de la autogestión, y es precisamente la comunalidad la que ha generado experiencias autogestivas sólidas en nuestra vida, en el ejercicio del poder local, en la articulación económica regional, en la procuración de justicia, de salud, de educación…

Si entendemos la autonomía y la autogestión como la capacidad social de hacernos cargo de nuestras cosas por nosotros mismos, sin la intervención de agentes externos, podemos constatar sin dificultad la medida en que nuestras comunidades han practicado la autonomía desde tiempo inmemorial y la siguen practicando hasta ahora. La cultura del maíz es uno de los ejemplos más notables de esa capacidad. Desde la cultura del maíz, en su seno, hemos contado con todo lo necesario para vivir, para florecer, para curarnos…

No ha sido el Estado quien se ha ocupado de nuestra salud. Nunca. Al contrario, desde el Estado colonial o con el México independiente llegaron todo tipo de enfermedades que diezmaron a nuestros pueblos. Con nuestros propios saberes, con nuestras propias fuerzas, apelando a la tradición y a la autonomía, fuimos capaces de rehacer nuestra vida y remediar las agresiones del ambiente. Aprendimos a nuestra manera, en libertad, y dimos continuidad histórica a nuestra cultura sin necesidad de los maestros, que llegaron, al contrario, a tratar de extinguirnos. Resolvimos nuestros conflictos sin necesidad de apelar a leyes hostiles y ajenas o contratar abogados…

Todo el tiempo, sin embargo, hemos tenido que actuar a contrapelo de las corrientes dominantes, luchando contra todo y contra todos. A medida que la nueva plaga ha cundido, hemos estado perdiendo algunas de nuestras capacidades de autogestión. Hemos caído en diversas formas de dependencia de los agentes externos, para atender nuestras necesidades y resolver nuestros problemas. Dependemos ahora del mercado o del Estado en muchos aspectos de nuestra vida cotidiana.

Una perspectiva autonómica no puede ignorar esto. Tampoco significa tratar de aislarse. Mucho menos implica el intento ilusorio de regresar al pasado, dando marcha atrás a la historia. Hemos aprendido por siglos a incorporar sabiamente lo que llega de afuera. Sabemos cómo transformarlo para que se incorpore sanamente a lo nuestro y en vez de disolverlo lo enriquezca. El mejor ejemplo es sin duda el del arado, que trajeron los españoles pero hemos sabido convertir en algo propio, perdido por completo el sello de origen. Así hemos hecho con muchas otras ideas, cosas, prácticas, instituciones. Así hemos de seguirlo haciendo, en un nuevo aliento de regeneración cultural.

Asentados con firmeza en nuestra tradición y en nuestra manera propia de ser, alentamos la esperanza de seguir caminando por nuestro camino, con el maíz y la comunalidad. Pensamos también que ellos pueden inspirarnos para decir en voz alta lo que podemos aportar, lo que podemos proponer para lograr un mundo más justo, un mundo descolonizado, un mundo plural, un mundo democrático y respetuoso de lo propio y de lo ajeno.

Santa Cruz de Yagavila, Rincón de la Sierra Juárez de Oaxaca.

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