Un testimonio del paro petrolero de 2002

Leandro Rabindranath León

En Venezuela, entre diciembre de 2002 y enero de 2003, se llevó a cabo una agresión brutal contra el pueblo venezolano, mediáticamente reseñada como el “paro petrolero”, y que detuvo la principal y abrumadoramente dominante fuente de ingresos económicos de la nación venezolana: la producción petrolera.

En defensa, el gobierno logró reunir las fuerzas técnicas, políticas y, especialmente, éticas, para salvar a su pueblo de un golpe de estado que con absoluto desparpajo hubiese entregado las riquezas de la nación a los intereses de la oligarquía venezolana y extranjera, en desprecio de la voluntad popular demostrada en procesos democráticos previos y corroborada en otros tantos posteriores.

Una parte del paro petrolero consistió en sabotear los procesos tecnológicos de producción y administración de Petróleos de Venezuela (PDVSA).
Lo que sigue es una reseña contextual, parcial y testimonial de estos sabotajes, destinada a mostrar la importancia que tiene el que una cultura ejerza por sí misma su soberanía en el ámbito tecnológico.

¿Paro cívico o golpe de Estado?

El 2 de diciembre de 2002 la oposición venezolana convocó a un “paro cívico” destinado a derrocar al gobierno democráticamente elegido de Hugo Chávez. Dos días después, siendo cotidianamente patente el desacato a la convocatoria por parte de los principales sectores comerciales populares, se explicitó el trasfondo de poder de la acción política: paralizar la industria petrolera y con ella la economía venezolana, muy dependiente de la producción petrolera. Ese día, el 4 de diciembre, el barco tanquero de PDVSA “Pilín León”[1] fue fondeado en el canal de navegación del lago de Maracaibo, obstaculizando e impidiendo el tránsito de otros tanqueros.

Debido a sus características físico-químicas, el petróleo emanante de los pozos y circulante por oleoductos debe estar en permanente movimiento. Cuando no es así se comprometen las condiciones que permiten la extracción (pérdida de presión, solidificación), lo que podría paralizar la extracción del pozo y acarrear un trabajo de reparación cuyos costes se podrían equiparar con la primera perforación. Del mismo modo, el petróleo solidificado tapona los oleoductos, lo que conlleva también reparaciones de altos costes. Puesto que el petróleo es una materia muy demandada, casi toda empresa petrolera no tiene gran inconveniente en mantener un flujo mínimo constante en sus pozos de extracción y oleoductos de trasportación. Aún así, no sólo con la finalidad de poder satisfacer la demanda o de preservar o aumentar sus ganancias, sino de mantener el flujo mínimo, las empresas petroleras destinan tanques especiales de almacenamiento en los puntos terminales de sus redes de producción; la mayoría de estos ubicados en puertos marítimos desde los cuales los compradores cargan el petróleo comprado a barcos tanqueros de transporte.

El contexto anterior nos permite entender por qué el fondeo del “Pilín León” constituyó desde el inicio una acción muy clara de sabotaje, pues obstaculizar la entrada y salida de tanqueros amenaza con interrumpir completamente el flujo petrolero; interrupción supeditada al tiempo de desborde de los tanques de almacenamiento. Comprendido esto, quedó revelado que la intencionalidad del paro no era meramente cívica en un sentido moral costumbrista, sino que se trataba de derrocar a un gobierno. A la acción del fondeo se le aunó la decisión, probablemente manipulada, pero oficialmente voluntaria, de aproximadamente 15.000 empleados, en su mayoría pertenecientes a la nómina técnica y administrativa de PDVSA, de sumarse al “paro cívico”.
Las consecuencias del paro no se hicieron esperar. Al cabo de semana y media[2] la mayor parte del territorio venezolano estaba desabastecido de gasolina, lo que causó la paralización del sistema de transporte, de todas las cadenas de suministros y de la mayor parte del sistema productivo venezolano, especialmente, el alimentario.

No es exageración decir que aquel paro retrocedió al país en más de 200 años de época. Algunos privilegiados por su condición física y económica apelaron a la bicicleta como medio de transporte y el resto a sus pies. Otros tantos tuvieron que apelar a la leña como combustible para la cocina. En resumen, el país estaba prácticamente paralizado y durante aproximadamente dos meses 30 millones de personas vivieron en angustia y zozobra, sin saber ni comprender exactamente qué iba a ocurrir.

A pesar del “logro” parcial del llamado “paro cívico”, el gobierno no cedió y, el 21 de diciembre logró “desfondear” el tanquero, conducirlo a puerto seguro y reanudar el trasporte de petróleo hacia las refinerías. Fue aquella la primera señal clara del derrotero del conflicto, la cual desencadenó otra serie de sabotajes con la misma pretensión: derrocar al presidente, pero ya para entonces con patente ignorancia hacia la población venezolana que padecía las miserias de la paralización de su país.

Sabotajes

En la noche temprana del 21 de diciembre, día del desfondéo, se efectuaron una serie de sabotajes, yendo desde los más simples y logísticos, pasando por los mecánicos y eléctricos, hasta finalmente deparar en un tipo más complejo e inédito para el tiempo y latitud: el cibernético. Los sabotajes logísticos se enfrentaron con el apoyo logístico y de vigilancia del conjunto de las fuerzas armadas y otras instituciones civiles.

Los sabotajes mecánicos y eléctricos también se contrarrestaron con el apoyo de vigilancia de la fuerza armada, más la pericia y profesionalismo de empleados y personal jubilado de PDVSA que no se habían sumado al paro o que no aceptaban la paralización del país. Por su índole territorial y concreta, es decir, constituida de dispositivos, tuberías, cables, entre otros materiales, que son visibles y tangibles, una vez reparados los sabotajes mecánicos o eléctricos, bastaba con la vigilancia y supervisión para mantener asegurada la producción.

Guerra cibernética

En la última línea de sabotaje, el cibernético, el asunto fue mucho más delicado y complejo. Por dos razones esenciales, que quizá no sean directamente asibles:

  1. Puesto que el territorio de sabotaje es virtual, éste es invisible e intangible a quien es ajeno a la computación y a sus subáreas. El campo de batalla cibernético se circunscribe a redes de computadores (entre ellas Internet) y diversos sistemas operativos y programas especiales. Quizá en un futuro la historia reseñe el paro petrolero como una de las primeras experiencias de “guerra cibernética”.
  1. Durante gobiernos previos al actual de Hugo Chávez, el músculo ingenieril de PDVSA en el área informática había sido privatizado y reducido a la figura de una compañía privada llamada INTESA. La mayoría abrumadora de sus empleados se habían sumado al paro. Consecuentemente, era en esta área donde más se adolecía de falta de personal especializado.

Hubo trabajadores de INTESA que se negaron a acatar el paro, pero su cantidad en personal y en especialidad informática no era suficiente para recuperarse de los sabotajes ni para defenderse contra los sucesivos que vendrían.

Sistemas de apoyo administrativo y de producción

Del mismo modo en que gran parte de nuestra forma de vida cotidiana se sustenta sobre sistemas computacionales, la administración como empresa de PDVSA y, más importante, la producción de petróleo, también se sustenta sobre muy sofisticados sistemas computacionales.

La primera forma de sabotaje cibernético estribó en detener los sistemas, los cuales fueron reactivados sin problema por el reducido personal restante que no se había sumado al paro.

El siguiente tipo de sabotaje consistió en desconfigurar los sistemas, especialmente los sistemas SCADA (Supervisory Control and Data Acquisition), de muy larga escala y esenciales para el control de la producción. La mayoría de los sistemas representan su estado computacional en una serie de archivos (ficheros) virtuales, con una nomenclatura particular reservada a los conocedores y expertos en el sistema específico. Por esta razón, este tipo de sabotaje era más difícil de reparar, pues requería de mayor especialización. A pesar de ello, durante una semana estos sistemas se lograban reactivar parcialmente hasta que de nuevo eran desconfigurados mediante intervención remota. Después, los atacantes lograron borrar completamente configuraciones enteras de sistemas; pero los trabajadores leales al gobierno, mediante una combinación de suerte, prudencia y pericia, copiaron la mayoría de las configuraciones y así consiguieron intermitentemente contrarrestar estos sabotajes. A cada ataque, la contramedida era restaurar la configuración borrada.

En esta categoría de sabotaje el paso siguiente era borrar los sistemas (no sólo su configuración), lo cual, para los sistemas más esenciales y de más alta escala jamás ocurrió. Este tipo de ataque hubiese sido bastante artero y efectivo. Se hubiesen requerido, como mínimo optimista, cuatro meses para reactivar los sistemas de producción. ¿Por qué no ocurrió? Aunque habría que indagar mejor en el otro bando para obtener una respuesta concluyente, parecen claras dos razones. La primera es que el lado golpista pretendía regresar y tomar el control de la producción. Si hubiesen borrado los sistemas, entonces a ellos también les hubiese tomado mucho tiempo reactivarlos. La segunda, en honor a eso que llaman beneficio de la duda, probable y afortunadamente en el otro lado no hubo la suficiente voluntad de felonía para emprender una acción que al ojo tecnócrata era claramente destructiva y criminal.

Sistemas operativos

A finales de diciembre se activó un nuevo tipo de ataque con un patrón muy similar al anterior, pero con la diferencia fundamental de que esta vez el blanco eran los sistemas operativos de los computadores. Al igual que con los sistemas de apoyo ya mencionados, el primer tipo de ataque fue la desconfiguración. Luego provino el borrado de los archivos de desconfiguración. Finalmente, en esta categoría sí se dio el ataque de borrado total del sistema.

Aquí la suerte jugó a favor del gobierno en varios sentidos. En primer lugar, por ser tan especializada y particular al rubro, la automatización fue uno de los pocos campos que aún no habían sido absorbidos por el proceso de privatización de INTESA. Seguramente por eso es que el personal de automatización de PDVSA no fue tan fácilmente subordinado como lo fue el de INTESA. En segundo lugar, y fue este uno de los principales golpes de la suerte, había un computador desincorporado, apagado y desconectado, ergo, fuera del alcance remoto de los atacantes, que contenía el principal sistema operativo borrado del principal sistema SCADA. El profesionalismo y tino de un trabajador, justamente de los poquísimos de INTESA que habían permanecido leales, fue suficiente para recordar y ubicar esta máquina, encenderla y recuperar con seguridad la imagen borrada del sistema operativo. De este modo, este trabajador restauró los sistemas atacados.

Lamentablemente, todas las pericias y suma de voluntades no eran suficientes para mantener estables los sistemas y defenderlos de los ataques remotos.

Redes de computadoras

La última línea de ataque fue en el nivel de red, cuya administración y mantenimiento era competencia de INTESA. Primordialmente, los ataques a los sistemas desde la red y los ataques contra la misma red se daban remotamente desde INTERNET. Empleados plegados al paro, ya nunca se sabrá con certitud desde dónde, accedían remotamente mediante INTERNET y efectuaban sus ataques a los sistemas de apoyo y operativos ya mencionados.

En el ámbito de red no había suficiente personal leal que lograse contener los sabotajes. Por consiguiente, era muy difícil defenderse de estas intrusiones. Puesto que la red es un medio de los sistemas administrativos y de producción, no era posible meramente desconectar los cables, pues hacerlo inutilizaría los sistemas, pero dejarlos conectados les mantenía el acceso a los atacantes.

Aquí también intervino la suerte. Por razones de confiabilidad y la alta escala de los sistemas, en la zona occidental de PDVSA, para la época la más productora, el sector de automatización operaba en otra red, separada de la red de administración, que era nacional y alcanzaba los sistemas de automatización del resto del país. Esta separación permitió “desconectar los cables” entre la red de automatización de occidente y la red nacional de PDVSA. Con esta medida se redujeron sustancialmente los ataques en el sector occidental, pero aún persistían en los sistemas de producción central y oriental y en todos los sistemas administrativos que estaban conectados a la red nacional.

Para el 31 de diciembre, con la excepción intermitente de algunos sistemas SCADA de la región occidental, PDVSA estaba prácticamente paralizada. Desde sus más simples sistemas administrativos, pasando por los de control de acceso que abrían y bloqueaban puertas, hasta los sistemas que controlaban los ascensores (muchos edificios había que subirlos y bajarlos a pie).

Desde el mismo 22 de diciembre, para la recuperación de sus sistemas de apoyo, operativos y de la red, PDVSA había solicitado ayuda externa. Comenzó por pedírsela a los vendedores de los propios sistemas. Sólo los de los especializadísimos y costosísimos sistemas SCADA brindaron ayuda; probablemente porque se ubicaban en el extranjero y eran ajenos a la circunstancia sociopolítica que acaecía. Esta asistencia fue telefónica y en la mayoría de los casos efectiva pero efímera, pues desde el exterior remotamente se volvía a sabotear. Para el resto de los sistemas, las compañías transnacionales (Microsoft incluida) mediaban su asistencia a través de sus sucursales venezolanas, las cuales en su mayoría negaron o dilataron toda ayuda.

Rescate

Ante la negativa de las corporaciones fabricantes de los diversos sistemas computacionales de PDVSA, en su mayoría propietarias por licencia de uso, así como también por su insuficiente capacidad humana para mantenerlos operativos, especialmente los más críticos que eran vulnerables a ataques informáticos, PDVSA contactó a personal entre las universidades, algunas instituciones privadas de ingeniería y comunidades organizadas vinculadas al software libre.

Con la asistencia de estos grupos, el 2 de enero de 2003 se inició el “rescate” de los sistemas computacionales de PDVSA. Lo prioritario, antes que otra cosa, era detener los ataques remotos. Para ello, se instalaron programas especiales, “cortafuegos” (firewalls), detectores de intrusiones y cifradores de comunicaciones que contuvieron severamente los ataques remotos, sin llegar a detenerlos completamente.

Muy probablemente, este primer logro fue lo que llevó a la parte saboteadora, además de la vileza, a cometer su primer gran error táctico de batalla cibernética: los saboteadores borraron completamente las configuraciones de la red en todos los puntos de interconexión posibles; desde los puntos más alejados y sencillos en los campos petroleros, hasta los más centrales y críticos. Esta acción fue muy dañina porque imposibilitaba la operación de todos los sistemas que requerían conectividad; concretamente los SCADA, que son críticos para la producción. Pero fue un error táctico porque con eso los propios saboteadores se restringieron ellos mismos de continuar sus ataques.

Así, a inicios de enero, ya contando con ayuda externa, los expertos en redes, en lugar de dedicarse a reconfigurar una red ya existente, simplemente diseñaron una nueva red, con un esquema simple, de rápida puesta en marcha y con las precauciones suficientes para que no volviese a ser atacada. La red de automatización se reanudó en dos días y el principal sistema SCADA un día después. A pesar de ello, continuaron ataques de menor daño, pero esta vez, ya a sabiendas de que se operaba con una nueva red, fue fácil deducir que los ataques sólo podían ser internos; es decir, efectuados desde dentro de las instalaciones físicas.

El trabajo arduo y agotador reforzó la camaradería. Por eso, era inconcebible la posibilidad de que hubiesen infiltrados entre los trabajadores que no se sumaron al paro o los externos que acudieron en auxilio. Esta camaradería fue esencial para el rescate, pero también para revelar fácilmente como posible medio de acceso la presencia de “módems”[3] conectados a computadores parte de los sistemas. Se diseñó y desplegó, entonces, una operación automatizada que llamó a todos los teléfonos de PDVSA en búsqueda de módems. La operación tomó un día completo pero detectó efectivamente los números de teléfono a los cuales respondía un módem. Con esta información se procedió a su desconexión. Se comenzó otro plan para detectar módems inalámbricos (tarea más compleja), pero fue suspendido luego de dos días ininterrumpidos de ataques después de haber desconectado los módems que habían dejado los atacantes.

Lo demás, como se dice en Venezuela, fue tiempo y carpintería. A partir del 8 de enero PDVSA ya estaba operativa en la parte de producción en occidente. Las enseñanzas se intercambiaron con otras zonas y ya a mediados de enero toda PDVSA estaba operativa en su rubro crítico: la producción.

Reflexiones

Durante los meses del paro se jugó la suerte del pueblo venezolano. Aunque hay muchas cosas para meditar en lo que a la cultura se refiere, este opúsculo sólo invita a reflexionar dos de ellas: el ejercicio de soberanía, que es un mínimo necesario para que a una cultura se le llame como tal, y el hecho, que no debe pasar desapercibido, de que 15.000 empleados no sólo decidieron incumplir sus obligaciones contractuales, sino que éticamente no lograron percatarse de que estaban causando un daño a todo el colectivo nacional.

El software libre

Hubo un rasgo común y notable en las personas externas que ayudaron y colaboraron con el rescate de PDVSA: de una manera u otra, estas personas abrumadoramente tenían vínculos con el software libre. Y es que no podía ser de otra forma, pues desde los años 80, época del frenesí neoliberal, en los programas de estudios vinculados a la ingeniería de la Universidad venezolana se ha anquilosado la perniciosa idea de que el conocimiento es una suerte de bien privatizable. Como no hay espacio ni tampoco es el propósito para explicar bien en qué consiste el software libre, es de interés una metáfora distópica en un ámbito que otrora transformó al mundo tal como el software lo está transformando ahora.

Simplemente, imagina un mundo donde en lugar de adquirir un automóvil, se te da el auto a condición de que suscribas un contrato llamado “licencia” que te prohíbe examinarlo, repararlo, estudiar su funcionamiento y que te dice por cuáles sitios lo puedes conducir y por cuáles no. En ese mundo, la ingeniería mecánica sería muy distinta a lo que hoy es o no existiría.

El mundo de la computación venezolana y mundial no ha escapado a estas ansias de privatización. Empero, seguramente debido a su comodidad, alto margen de creatividad y ubicuidad, en la computación han emergido movimientos de resistencia altamente productivos que no sólo denuncian y desafían a los poderes corporativos, sino que entregan a la cultura obras de software productivas, tan o más virtuosas que sus equivalentes privativos. Consecuentemente, en todas las latitudes, por fortuna también la computación venezolana, se encuentran ingenieros formados en este mundo.

Los momentos vividos de impotencia e indefensión, aunado al estado de angustia que se vivía en toda la nación, inevitablemente forzaron en muchos, sobre todo a algunos políticos, la revelación de que PDVSA, así como la mayoría de los rubros productivos venezolanos dependen exageradamente de tecnologías externas, incomprendidas y en muchos casos inapropiadas.

Luego de cesado el paro se inició un proceso de reflexión en torno a cómo evitar que volviese a ocurrir lo que ocurrió. Fue ineludible preguntarse qué tenía, aparte de los personajes, el software libre que permitió a muchos de los colaboradores, algunos sin formación universitaria, junto con los trabajadores leales, realizar el rescate de PDVSA. Se descubrieron entonces esquemas de trabajo productivo, inéditos para al venezolano común, basados en la cooperación fraternal, desmarcados de la imagen centrada a un solo patrón o emprendedor, y con mayores márgenes de creatividad.

Este conjunto de reflexiones y sentimientos se tradujo en acción política bajo la consigna de “Soberanía tecnológica”. Propició muchísima actividad de promoción e inspiró una serie de proyectos destinados a ganar soberanía, de entre los cuales son importantes a destacar:

  1. la creación de una academia nacional de enseñanza de software libre;
  2. la aprobación del decreto 3390 priorizando el uso de software libre y estándares abiertos en todos los sistemas computacionales de la administración pública;
  3. la creación de nuevas instituciones de desarrollo e investigación tecnológica;
  4. la creación del proyecto de distribución Linux CANAIMA, destinado a mejorar la formación en la escuela primaria a través del computador, aprovechando a su vez de educar en y con las virtudes del software libre.

Colateralmente, estos valores han trascendido a otros ámbitos; por ejemplo, al agrícola y a la lucha contra los intereses de las transnacionales con sus transgénicos.

Los despidos

Diez años no es un tiempo suficiente para la intervención plena de las ciencias históricas. Pero la pregunta acerca de qué fue lo que operó sobre las mentes de 15.000 compatriotas venezolanos, que los condujeron a incumplir sus obligaciones contractuales sin capacidad de distinguir que estaban causando un daño de consecuencias nacionales, ya es un campo abierto para la investigación psicológica, sociológica y antropológica.

Es muy importante recordar que estos empleados no abandonaron sus trabajos por una huelga, pues no reclamaban reivindicaciones laborales. La petición de los paristas era la renuncia del presidente de la República.

El gobierno fue plenamente consciente del posible cariz de manipulación que pudo haber operado en los paristas. Por otra parte, aunque su acción sin duda exige una responsabilidad, el gobierno tenía plena conciencia del valor intelectual de estas personas. Ya antes del momento en que se desfondeó al “Pilín León”, el gobierno invitó a los empleados a regresar sin consecuencias legales para su posición laboral. Se publicaron llamados por prensa nacional sin acogida notable por parte de los paristas. Comenzaron pues los despidos escalados, empezando por los de más alta responsabilidad, hasta finalmente despedir a todo aquel que no se había reincorporado. El gobierno observó trasparente y cuidadosamente los procedimientos legales sin atropellar los derechos de ninguno de los despedidos.

En síntesis, para principios de febrero ya estaban fuera de PDVSA aproximadamente 15.000 trabajadores.

Tal vez la señal más clara de que es necesario analizar la actitud de los ex-empleados es que hoy por hoy muchos de ellos le reclaman al gobierno que no les hayan pagado sus prestaciones laborales. Sin embargo, ninguno de estos reclamantes observa que la suma de todas las prestaciones de todos los ex-empleados no cubre siquiera el 1% de las pérdidas patrimoniales que ellos causaron. Todo ello sin mencionar el daño espiritual en desasosiego y división que propició su acción.

Diez años después

De todo el entusiasmo siguiente a la victoria contra el paro y sus consecuentes “siembras”, ¿qué cosecha hoy la sociedad venezolana? Antes de intentar dar una cuenta muy resumida y seguramente incompleta de esta pregunta, sesgada hacia lo tecnológico, es menester plantear dos comentarios en torno a las ideas de institución y de tecnología.

Tal vez para la mayoría del colectivo venezolano la palabra “institución” le evoque a una infraestructura material; un edificio ancho, alto y tangible, decorado particularmente según los matices de la cosmovisión del individuo. Si bien la infraestructura es un medio, la mayoría de las veces indispensable, institución es más que infraestructura. Una institución es una cultura. Cuando es sana, se produce una confluencia coherente de hábitos y costumbres en torno a la búsqueda y perfeccionamiento de un bien colectivo.

Con la tecnología suceden dos confusiones parecidas, aunque mucho más complejas y difíciles de percibir. En primer lugar, a la tecnología también suele confundírsela con su infraestructura, con sus dispositivos asociados y ahora con sus programas computacionales. Pero la tecnología es una gran institución, conformada de muchas más instituciones; con el detalle diferencial de que su estructura cultural es entre las más complejas en diversidad, relaciones humanas y alcance territorial. La segunda gran confusión es creer que la tecnología es mero conocimiento y que éste está almacenado en las bibliotecas y servidores computacionales de información.

Con estas ideas a la mano, lo primero a comentar es el alcance del decreto 3390. Las instituciones no se decretan, se forjan lentamente, con mucha paciencia y sin tener una imagen exacta de los resultados finales. Pero a pesar de esto, la propugnación del decreto fue esencial como impulso inicial, como consigna, a la vez de coayudarse con los sistemas ejecutivo y judicial. Aunque aún falta mucho por hacer y se escuchan muchas voces denunciando su falta de aplicación, muchos entes públicos venezolanos ahora usan software libre; lo cual es bastante apreciable respecto a una década atrás. A pesar de que en muchísimos escritorios y “laptops”, incluidos los de la mayoría de los ministros y demás altos funcionarios públicos, aún se sigue manejando software privativo, muchas instituciones públicas han emprendido sus propios proyectos de desarrollo en y con software libre. Algunos de ellos ya operativos y con trascendencia hacia otras instituciones afines.

La experiencia del paro fue el aliciente principal y definitivo para rescatar empresas que los gobiernos neoliberales previos habían vendido. Se recuperaron las principales y más críticas; particularmente, CANTV, la principal compañía telefónica del país y las industrias metalúrgicas. En CANTV, el servicio ha escalado insólitamente a tal extremo que no se concibe venezolano desconectado telefónicamente. La recuperación de CANTV ha sido decisiva en el forjado de una cultura de uso de INTERNET. En este aspecto, otra iniciativa fundamental, cuyos frutos se conocerán dentro de algunos años, es la de los “Infocentros”; proyecto consistente dar a conocer Internet como una fuente de empoderamiento del pueblo mediante la adquisición y manejo de información.

Nuevas instituciones de desarrollo e investigación han sido fundadas. Notable señalar la inversión adrede de los términos. Tradicionalmente, se investiga primero y luego se ve si hay posibilidad de aplicación y desarrollo. En la praxis venezolana actual, en la medida de las posibilidades y en áreas muy específicas, primero se acomete el desarrollo y luego se investiga en la medida en que van apareciendo los desafíos y misterios. Este modo de trabajo, que no ha excluido al tradicional académico, y que en algunas situaciones es arriesgado, potencia la pertinencia de la investigación; o sea, el que se conozca lo más prontamente posible su sentido práctico.

Las comunidades de software libre, cuya existencia fue determinante para la victoria contra el paro, han sido bastante beneficiadas y apoyadas en estos diez años. Lamentablemente, en el seno de estas comunidades no han aparecido liderazgos que se aglutinen en productividad. En concesión a la verdad, el gobierno no se ha dedicado a ofrecerles proyectos claros o modelos de producción de software, sino que sólo les ha brindado apoyo promocional. Una excepción a esta observación es el proyecto CANAIMA, el cual es, en la opinión de este redactor, una de las iniciativas con más posibilidad de trascendencia, pues siembra en el colectivo infantil venezolano una idea más amorosa y humanizada de esa megainstitución llamada tecnología que la vulgar TV.

¿Se han cometido errores? ¡Por supuesto que sí! Ninguna empresa es libre del yerro. En sus etapas iniciales y aún hoy día, los Infocentros operaban en Windows. CANTV tampoco escapa de algunos desaciertos de envergadura, cuya mención requeriría de más contexto y bytes. Pero sería un pecado dejar de mencionar que, siendo CANTV una institución tecnológica consolidada, de gran envergadura, con personal altamente calificado y con infraestructura de vanguardia, el gobierno venezolano no haya cedido una partecita de ese enorme capacidad a la producción de software libre.

PDVSA dio apertura a instituciones especializadas para el desarrollo de software; con el gran atino de proponer desde el inicio los proyectos, entre ellos, un sistema SCADA nacional. Algunos de estos proyectos alcanzaron madurez productiva, especialmente software de simulación de yacimientos, el cual es complejísimo y crítico para la extracción -más que los sistemas SCADA. Otros proyectos fracasaron, pero más debido a desacuerdos internos que a incapacidad técnica. De esta experiencia es esencial mencionar lo que parece ser una gran contradicción histórica. Uno de los mejores y más importantes de estos proyectos fue justamente un SCADA hecho con software libre y con pretensión de distribución libre. Este logro reivindicó a una parte de la ingeniería venezolana, que fue capaz de producir un sistema de altísima complejidad y calidad. Sin embargo, en un gesto difícil de comprender, PDVSA decidió no compartir su obra y crear una compañía privada para comercializar el software, el cual se volvió privativo. Es muy difícil, pues, saber si se aprendió o no la lección de INTESA.

Muchos convenios de transferencia tecnológica se han suscrito con numerosos países. En la mayoría de ellos se asume una idea de la tecnología equiparable a la del conocimiento, tal como se mencionó al inicio de esta sección. Quizá por ello es que, hasta el presente, muchos de estos convenios tienen más aires de maquilas que de aprendizaje e institución de tecnología.

Finalmente, difícil y prematuro calificarlo como error, es conveniente señalar la actitud del gobierno hacia la academia tradicional venezolana. Este punto es de interés, porque es uno de los pilares de esa institución que al principio llamamos tecnología. Hoy, en el año 2012, no hay duda de que la Universidad tradicional venezolana es una neoliberal de los años ochenta, cuyo leitmotiv es el prestigio individual de sus miembros más que la auténtica investigación y enseñanza; dominada, además, por un halo de falso elitismo que dificulta la empatía con el pueblo. En respuesta, el gobierno ha creado nuevas universidades, cuya matrícula actual ya comienza a superar la de la Universidad tradicional. Sin embargo, y he aquí lo delicado del asunto, las nuevas universidades están instituyéndose, mientras que en las tradicionales, a pesar de ser neoliberales, aún quedan vestigios de institucionalidad. ¿Merece la pena sacrificar una institucionalidad, neoliberal, cierto, pero aún racional y capaz de incorporarse a la tecnología, a la vez que se forja una nueva y paralela? Con el tiempo lo sabremos.

¿Ha ocurrido un cambio cultural? ¡No!; aún falta mucho tiempo para saberlo, y los vientos actuales no son suficientes para proyectar en el porvenir.

Colofón

Me habría gustado dominar este artículo con anécdotas personales de los sucesos. Pero aparte de que habría salido mucho más extenso, me hubiese desviado de una especie de intensión dual, cual, puesto que no la he mencionado explícitamente y no estoy seguro que este texto logre transmitirte, te las diré en crudo:

Una cultura no puede identificarse como cultura sin un mínimo de autoctonía y autonomía; es decir, si no es capaz por sí misma de producir los medios que le brindan vida colectiva, cuidarlos, preservarlos y mejorarlos constatemente.

Con cierta frecuencia, ya rayana a la preocupación, le he escuchado a algunos malos maquiavélicos o pragmáticos, de lado y lado, citar una frase que no estoy seguro sea correctamente atribuida a Fouché: “peor que un crimen: fue una estupidez”. Parafraseándolo, pero invirtiendo el orden sustantivo, yo les diría a mis compatriotas técnicos de PDVSA, y demás aupantes o simpatizantes que se sumaron al paro: fue peor que una estupidez: fue un crimen.

[1] Pilín León es el nombre de una ex-reina de belleza venezolana, que ganó el “Miss World”. Antes de 1998, la gerencia de PDV Marina ponía nombres de ex-misses a sus barcos. Para un sector de la clase media venezolana, los certámenes de belleza femenina estereotipia eran (y quizá aún lo son) unos de sus principales cultos.
[2]Luis Guisti, un ex-presidente de PDVSA durante la IV República venezolana y gran propulsor de su privatización había declarado reiterativamente que el gobierno no sobreviviría más de una semana con PDVSA paralizada.
[3]Dispositivos que permiten el acceso a un computador a través del teléfono.

Leandro Rabindranath León es integrante del equipo de rescate de los sistemas de PDVSA. Profesor titular del Departamento de Computación de la Universidad de Los Andes (Mérida, Venezuela) y cofundador del CENDITEL.

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